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Alianza para la Liberación del Tiempo y su Ordenamiento [A.L.T.O.] | La Buena Noticia

Alianza para la Liberación del Tiempo y su Ordenamiento [A.L.T.O.]

Se aboga aquí por la creación de una organización que tenga existencia aparente y no real, a la vez, una iniciativa a la que pueda afiliarse cualquiera, sólo con quererlo. No se luchara por el poder, el objetivo principal será la abolición tanto teórica como práctica del tiempo en nuestras vidas.

El objetivo prioritario de A.L.T.O.

Frenar la imposición acelerada del tiempo en nuestra vida cotidiana y aplazar sine die su aplicación efectiva, logrando su abolición práctica. Esto conllevará una auténtica revolución social, en realidad, la única revolución social no sólo deseable, sino posible aquí y ahora, en el siglo XXI: liberados del tiempo impuesto desde arriba, seremos protagonistas de nuestras vidas y nos libraremos, conjuntamente, del trabajo asalariado, es decir, del trabajo propiamente dicho (que no es sinó la conversión en dinero de nuestro tiempo vía remuneración económica) y de la condena al paro, así como del ocio complementario del trabajo, que no deja de ser la otra cara no menos trabajosa de la misma moneda.

Somos conscientes de la gravedad cada vez mayor del peso del tiempo y de la imposición a todos y cada uno de los rincones del globo de un único sistema de cómputo, ajeno por lo demás a los ritmos naturales, y de lo funesto que es para el disfrute de la vida que nuestras actividades se acomoden a unos horarios y calendarios preestablecidos (y dictados por una voluntad ajena a la nuestra), y no al revés. Si estamos obligados a hacer cosas para rellenar un tiempo, las cosas que hagamos no serán más que rellenos. Por ello, nos rebelamos contra el hecho de que no tengamos tiempo para nada, sino que sea el tiempo el que, de hecho, nos tenga (y bien tenidos) a nosotros.

Nuestra militancia no consiste en una reunión semanal los jueves a las siete de la tarde, por ejemplo, y una acción o manifestación al mes, como otros grupos y movimientos sociales: nuestra militancia implica todos y cada uno de los momentos de nuestra vida. Por eso mismo, nuestro activismo no conoce, claro está, tregua ni en la teoría ni en la práctica. No hacemos como otros movimientos sociales que se van de vacaciones durante el mes de Agosto, por ejemplo, para reanudar la lucha el mes siguiente. Nuestra lucha, conscientes como somos de la fuerza del enemigo al que nos enfrentamos, no puede aplazarse, porque es una lucha a muerte, sin cuartel, un combate mortal contra el tiempo, a contratiempo y a destiempo.

Nuestra Alianza se rebela contra la imposición de un tiempo esencialmente vacío que acarrea el sacrificio del ahora o momento presente en aras de un futuro porvenir. El mañana, por definición, no existe y, por lo tanto, no llega nunca. Decir mañana significa ahora no. Mañana es siempre pasado-mañana. No hay futuro, y ni falta que hace que lo haya.

No pretendemos, tampoco, ser honrados ciudadanos que se ganan la vida. La expresión ganar la vida quiere decir trabajar y trabajar es vender nuestro tiempo, nuestra fuerza de trabajo o capacidad de hacer cosas, a cambio del salario del dinero; trabajar es prostituirse. Ganar la vida, es, por lo tanto, perderla irremisiblemente.

Campaña contra la semana

Nuestra lucha más encarnizada se librará contra la institución de la semana, que es la encarnación más mortífera del tiempo. Así como algunas divisiones del tiempo tienen un fundamento más o menos natural (la división del día en 24 horas según la rotación de la Tierra en torno a su eje polar, o del año de 365 + 1/4 días según la órbita de la Tierra en torno al Sol), denunciamos que la semana no tiene ninguno: es totalmente artificial y artificiosa. ¿Por qué cada siete días se repite la misma y absurda farsa? ¿Por qué es preciso volver a empezar el Lunes? ¿Por qué tiene que haber Domingo? ¿Por qué se nos impone, semana tras semana, la misma historia? ¡Basta ya! No queremos someternos a una división del tiempo antinatural que se ha generalizado a todo el universo mundo y que además no tiene ningún otro fundamento más que el de control social.

El origen de la semana se halla en el relato mitológico bíblico de la creación del mundo que se lee en el libro del Génesis. Allí se cuenta que Jehová crea el mundo en seis días, descansando el séptimo, que los judíos denominaron Sabat o Sábado y consagraron al descanso prohibiendo trabajar. En ese relato se incurre en una gravísima contradicción muy ilustrativa: ¿cómo es que existían ya los días antes de que Dios hubiera creado el mundo? ¿es que se nos quiere hacer pasar por tontos convenciéndonos de que la semana es anterior al mundo e independiente de él y de su Creación?

Nosotros nos rebelamos contra ese esquema que se nos impone semana tras semana a lo largo de toda nuestra vida, desde la más tierna infancia hasta la más provecta senectud. ¿Por qué tenemos que hacer lo mismo que (todo) Dios y trabajar seis días y descansar uno (o cinco días y descansar dos, después de la institución del week-end, que para el caso es lo mismo; o cuatro y descansar tres, como ha llegado a proponer algún sindicato español para atraerse la simpatía de la clase obrera)? ¿Es eso natural?

No lo es. La división del tiempo en ciclos semanales es, por una parte, algo convencional que no tiene ningún fundamento racional, y, de otro lado, algo bien real. ¿Qué hay, en efecto, más real que la semana? ¿Quién no ha sentido la rutina de los Lunes? ¿Quién no ha deseado que llegue el Viernes que inicia el llamado fin de semana? ¿Quién no ha celebrado un Sábado siguiendo el refrán que reza: sábado, sabadete, camisa nueva y polvete? ¿Quién no ha sentido la alegría y la tristeza como si fueran las dos caras de una misma moneda la tarde del Domingo, cuando se siente que se acaba la fiesta y que pronto llegará el Lunes y la vuelta a la rutina?

Hacemos nuestra aquella paradoja cristiana de que no es el ser humano el que ha sido hecho para el Sábado, sino el Sábado para el ser humano: no soy yo el que debe acomodarse a la semana, sino la semana y cualquier otra división natural o convencional del tiempo la que debe acomodarse a mí, por lo que planteo su subversión radical o abolición: ¡ABOLICIÓN DE LA SEMANA LABORAL! ¡QUE NO HAYA MÁS LUNES NI DOMINGOS NI SÁBADOS NI JUEVES NI NADA!

Campaña contra el despertador

¡no le des cuerda!
Desarrollaremos también una campaña contra el despertador. Estamos en contra de todo tipo de relojes o artilugios que computen el tiempo, pero nos oponemos principalmente a los llamados despertadores. Los hay antiguos con un sistema tosco y brutal de alarma. Y los hay mucho más sofisticados con música o noticias de actualidad, pero tanto unos como otros tienen la misma finalidad fatal: despertarnos bruscamente, al toque militar de diana, de nuestro sueño para obligarnos a comenzar “nuestras labores”, la jornada. Creemos que es un derecho humano fundamental el que nada ni nadie perturbe nuestro descanso: No queremos que nos despierten, queremos despertar.

Nuestra postura ante el próximo cambio de hora, que decretará, que ha decretado ya porque no puede hacer otra cosa, el Consejo de Ministros, no puede ser otra: ¡NO AL CAMBIO DE HORA! ¡ABAJO LA TIRANÍA DEL RELOJ! ¡REBÉLATE CONTRA LA ACUPUNTURA DE LAS AGUJAS DEL RELOJ!

Contra el calendario escolar

¿Qué se enseña en la escuela? Podríamos contestar a esta pregunta diciendo, como decía el otro, que cuentos y cuentas, y quedarnos tan anchos, lo que sería una respuesta seguramente cierta, pero no por ello verdadera. Nos explicamos: Eso se enseña en la escuela, y eso las más de las veces se aprende, es cierto. Pero no es verdad que sólo se aprenda eso, porque es una verdad a medias. Y ya se sabe: las verdades a medias son también mentiras a medias, ya que les falta la otra mitad.

En la escuela se aprende algo más, mucho más importante que los cuentos y las cuentas, algo que se interioriza enseguida, muy pronto, desde los primeros años, y que se interioriza antes en la escuela que en el seno familiar, algo tan evidente que, precisamente por eso mismo, suele pasarnos desapercibido. Podríamos decir, empleando una expresión que ha hecho fortuna, algo que forma parte del currículo oculto.

Quizá algún lector podría, llegado a este punto, anticiparse a la respuesta y contestar que se aprende a obedecer el principio de autoridad indiscutible que representa el maestro de turno. Y es cierto, pero eso es algo muy trivial, y algo que no sólo se aprende en la escuela sino, antes, quizá, en la familia. El aprendizaje de la obediencia debida a los mayores no es exclusivo de la escuela, aunque allí a la vez que el niño se adentra en sus primeras letras obedece también la voz del maestro que le grita que guarde silencio, o que no salga del patio del colegio cuando vaya al recreo. Es evidente que el niño aprende a obedecer en la escuela. Y este aprendizaje conlleva muchas veces la pérdida de la curiosidad innata en él... Pero lo que se aprende en la escuela, lo que forma parte de ese currículo oculto que decíamos, lo que es tan evidente que, oh paradoja, por eso mismo no se ve y pasa casi completamente desapercibido, es la inculcación de la noción del tiempo por la vía de la sumisión efectiva a él de dos maneras:

1ª- con la imposición del calendario escolar anual, que señala unas fechas lectivas y otras, las vacaciones, que no lo son, que determina también el principio y el fin de un curso escolar, dividiendo el tiempo en tiempo de ocio y tiempo de trabajo (algo que será vital, es decir, mortal de necesidad para el niño que será el futuro adulto), y con la imposición más concreta de la semana con sus días laborables y su fin de semana sabático: al niño se le está inculcando, semana tras semana, la institución artificial de la semana, que pasará a ser algo natural en él: es decir acabará viendo que una imposición social de un calendario escolar conlleva la futura sumisión a la semana laboral;

2ª- con la imposición cotidiana del horario escolar aplicado a cada jornada; con los timbres de entrada y de salida, los horarios rígidos que establecen el comienzo de una clase o actividad a una desterminada hora y el final de otra a otra hora, el tiempo de trabajo y de recreo. Resulta curioso como los niños escolarizados antes de la edad obligatoria ya llaman trabajos a tareas tan sencillas y placenteras como colorear, dibujar, modelar con plastilina, o cosas por el estilo, familiarizándose ya de hecho con el futuro mundo laboral.

Dentro de la reificación o cosificación del tiempo a que estamos sometidos en el sistema educativo español, a imitación del norteamericano y otros europeos, se maneja la noción de Crédito, palabra significativa donde las haya, tomada del ámbito de la economía de la banca, como equivalente a 10 horas de formación, gracias a lo que el estudiante acredita sus horas de formación, es decir, las horas invertidas en a) someterse al tiempo cronometrado del reloj y a la propia institución académica, y b) hacer algo provechoso en ese tiempo. Contra esta nueva imposición del tiempo queremos levantar también nuestra protesta más enérgica.

La enseñanza inconsciente más importante de la escuela, desde nuestro punto de vista, es, pues, la inculcación de la noción del tiempo, de la división entre el tiempo de trabajo y el del ocio, entre la clase y el recreo. Este aprendizaje, se argumentará, no forma parte del programa oficial de ningún curso específico. Es cierto, pero subyace a la programación de todos ellos: es la estructura profunda, digamos, de la institución escolar: es la primera lección que se aprende, es lo que hay detrás de cualquier programación: un intento de domesticación del tiempo, una imposición rítmica de un segmento de trabajo que se complementa con otro de ocio, que se contraponen y se complementan. De esta manera se llena el vacío del tiempo: una carga lectiva y otra que no lo es, su descarga que posibilita una nueva carga: clase y recreo, negocio y ocio, Lunes y Domingo. Un tiempo de aburrimiento y otro de diversión que al final concluyen en lo mismo: del tiempo vacío que en principio podía servir para lo que fuera hemos pasado a un tiempo previamente destinado al trabajo y otro a la diversión. Este trabajo no tendría por qué ser aburrido necesariamente, pero acabará resultándolo a pesar de que tanto el maestro como los discípulos pongan de su parte todo su empeño en que así no sea: es el resultado de la institución del tiempo. Las actividades, en sí, son divertidas; el deseo de aprender y la curiosidad inicial del niño son ilimitadas. El tiempo de ocio, al estar previamente destinado a ello, programado, no resultará siempre divertido, a pesar de los esfuerzos del niño. Al final, uno y otro tiempo podrán resultar de una u otra forma o de las dos a la vez, indistintamente: es decir, será aburrido ir a clase aunque en algunos momentos haya destellos de diversión; y será divertido ir al recreo o ir a jugar, aunque en algunos momentos cunda el aburrimiento, como les sucede a veces a los niños en épocas de vacaciones cuando no saben qué hacer y, claro, se aburren. Son consecuencias de la división o especialización previa del tiempo. De esta manera el niño se somete al hombre y el hombre a la institución del Sábado.

Tiempo libre

Por todo ello, llegamos a la conclusión de que no disponemos de tiempo libre: el auténtico tiempo libre sería aquel del que uno puede disponer libremente para hacer de él lo que quiera, aburrirse o divertirse o las dos cosas a la vez. No estamos reivindicando otro mes de vacaciones. Ni un año sabático. Ni una semana laboral de cuatro días de trabajo y tres de ocio. No queremos caer en el error inveterado en que han recaído la mayoría de los sindicatos obreros que reivindican mejoras en las condiciones de trabajo y explotación que hacen que la esclavitud en la que vivimos sea al fin y a la postre más llevadera. Desde A.L.T.O queremos reivindicar el fin del trabajo asalariado.

El tiempo libre no es el fin de semana. El tiempo libre es el que no está destinado de antemano o programado a ninguna actividad previa. Para que haya tiempo libre uno debe ser dueño de su tiempo: tiene que tener tiempo para poder disponer de él a su antojo. El tiempo libre no es el tiempo que queda después del trabajo; el tiempo libre es el que se ha liberado del proyecto previo, el que está destinado a que hagamos lo que nosotros queramos hacer en él, pero no dentro de una oferta programada, lo que es propio de una sociedad de consumo que nos consume a los consumidores, o de una sociedad del bienestar que genera malestar, sino dentro del mar de posibilidades que nosotros abrimos en nuestra soledad o en compañía con los demás. El tiempo libre, en definitiva, es el que está libre de las cadenas del tiempo.

¡No hay tiempo!

Nuestra lucha no es una lucha por el poder. Ni siquiera reivindicamos que la imaginación alcance el poder, porque lo propio de la imaginación es levantarse contra el poder establecido, que es aquello que la constriñe y no la deja volar en libertad. No nos presentamos a las elecciones para tener un escaño en el parlamento. Luchamos, sin embargo, en todos los frentes, contra el tiempo. Prescindimos del reloj personal de pulsera o de bolsillo, que señala las horas de nuestra vida, tanto privada como pública, considerando que el hecho de depender del mecanismo de un reloj demuestra la interiorización del tiempo, la alienación y enajenación de nuestra vidas, y la sumisión al Gran Dictador del mundo contemporáneo. Bien sabemos que eso no basta. Bien sabemos que alguna gente no usa reloj porque no lo necesita, porque lo ha interiorizado de tal manera que siempre sabe la hora que es ya que uno mismo es su propio reloj. Pero por ahí se empieza. El primer paso es librarse del cronómetro. Nosotros no sabemos la hora en la que vivimos porque si la sabemos no vivimos, y si vivimos, que es a lo que aspiramos, no podemos saberla: tenemos que olvidarla.

Asimismo, nos desembarazaremos del calendario o agenda que señala unos días festivos y otros laborables, para lo que promulgamos la gloria de no saber el día en el que vivimos. Somos nosotros los que debemos decidir cuándo queremos que sea fiesta y cuándo queremos trabajar o, mejor dicho, hacer alguna cosa. No estamos dispuestos, por lo tanto, a los dictados totalitarios de un calendario impuesto desde arriba y ajeno a nuestra voluntad soberana.

Llegados a este punto, debemos exclamar que no hay tiempo. Esta expresión quiere decir dos cosas que proclamamos a voz en grito:

a) el tiempo no existe como eternidad o evo en un sentido abstracto;

b) en un sentido más concreto y apremiante, no hay demora, no hay un momento que perder, entendido como instante fugaz: no pierdas el tiempo: lucha contra el tiempo, a contratiempo y a destiempo.


[Recomendamos:]

"Time and its discontents" de John Zerzan, donde se pasa revista a los diversos modos de la institucionalización del tiempo en el mundo simbólico, la literatura, la psicología y la ciencia, que puede leerse por ejemplo en:
www.primitivism.com/time.htm.
De este autor anticopyright, injustamente desconocido en nuestro país, está disponible igualmente en castellano en formato libro. La traducción, a cargo de Hipólito Patón, de Future Primitive: Futuro Primitivo, su obra más conocida, Numa ediciones, Valencia 2001."